“Agosto los prepara y octubre se los lleva”.

   Chindo apoyó los codos sobre la mesa y desmigajó un pan redondo, de corteza crocante, que estaba junto a la fuente con el pollo dorado en el que todavía brillaban los rescoldos del fuego que se apagaba en el horno de barro. 

   Fueron dos meses duros. Agosto se había encargado de preparar bien a la vieja, y septiembre la fue trabajando con paciencia, aminorando el cuerpo, esculpiéndole los huesos bajo la carne amarillenta, quitándole el resuello que se agotaba en cada movimiento. Dos meses en la cama, con Chindo rezando todos los días por un milagro a la virgen, a san Antonio, a la Pura Limpia en el retablo familiar. Doña Taní, la curandera, fue tajante: “si tu mamá pasa el Karaí Octubre se queda; si no, no llega a noviembre. Todo está en manos de santa Librada ahora”, le dijo mientras le cruzaba la foto con la medida de su santa. Por las dudas Chindo tenía escondido, detrás de los santos en la repisita, un bulto envuelto en un trapo rojo, un san La Muerte minúsculo tallado en el plomo de una bala. 

   Probó todas las tisanas, todas las decocciones, sahumó la casa con un preparado que doña Taní le dio, envuelto en un pañuelo, hasta una novena con las vecinas viejas, amigas de su mamá, armó, pero no había caso. 

   La vieja se estaba yendo, y ya era primero de octubre, la fecha límite.

   Más por costumbre que por convicción se levantó muy temprano para preparar el banquete, con todo lo que la pobreza puede colocar en los platos los días especiales: hirvió batata y mandioca, puso en el trébede la olla negra con el puchero donde flotaba la verdura y las cecinas, mató una gallina, la desplumó y la puso al horno, junto a la masa del pan que se inflaba en una lata de dulce de membrillo de kilo. 

   Llegó el mediodía, y Chindo jugaba con las bolitas de miga, mirando al vacío. El único mantel de la casa vestía de gala a la mesa de madera sin desbastar y cubría la pátina de innumerables años de servicio. 

   Escuchó una tos muy fuerte en la pieza de la vieja. En un rato le avisaría que la comida ya estaba, y le preguntaría si quería que se la llevase a la cama, aunque conocía la respuesta: hacía días que ya casi no probaba bocado. Pero bueno, era primero de octubre y había que cumplir para espantar al Karaí.

   De nuevo la tos, prolongada por el eco de la pieza prácticamente vacía. 

   Chindo se levantó de la silla con el cansancio de demasiadas noches y días de tristeza y miedo. Arrastró las alpargatas por el piso de ladrillo, los hombros encorvados, la respiración agitada. 

   Una aparición vestida con un camisón que flotaba sobre un esqueleto, desgreñada, estaba apoyada en la puerta con una sonrisa que contrastaba con su figura de espectro.

Qué rico olor que tiene eso, che ra’y. ¿Le vas a convidar pa’ un poco a nde sy?

Chindo, casi sin voz por el llanto que le subía por la garganta y le enturbiaba los ojos, le respondió.

Pero claro pue’ que te voy  convidar, che ama, o si no nicó no se va a ir más el Karaí

Octubre.