Publicado el 16.6.26 | Y un día Cantalicio vendió nomás su acordeón, se apagó la Petromax y Pena y Olvido volvió a actuar en Punta Tacuara. En ese mismísimo universo de vivencias litoraleñas nació Mario Bofill, el “pueblero” que le puso letra y música a esas vidas, justo un 16 de junio de 1948 en su amado Loreto.
Es fácil trazar su biografía porque casi toda ella está plasmada en canciones que tuvieron su propia historia como insumo primordial. Mario Bofill tiene la rara virtud de realizar una pintura precisa de lugar y de época a partir de sus experiencias directas, lo que lo convierte en artífice, cronista y protagonista absoluto de su obra.
Los inicios: del interior a las peñas universitarias
Llegado a Corrientes como un “estudiante del interior” (citando otra de sus grandes obras), el camino de Mario Bofill se forjó en el esfuerzo y la complicidad de los escenarios juveniles:
- Los Hermanitos Bofill: El recordado dúo que formó junto a su primo Alberto, con quien inició el periplo obligatorio de los artistas-estudiantes por peñas, festivales y bailes, llegando a grabar su primer disco simple.
- Precoz madurez autoral: Desde los comienzos supo ganarse el afecto de un público que lo adoptó como propio. Con menos de 20 años ya tenía varios temas de su autoría en el haber; entre ellos, “Estero Carambola”, composición con la que se alzó con un importante premio en un festival de la región.
El cronista de los personajes entrañables
Su posterior etapa solista, que se extiende hasta la actualidad, se consolidó como la más prolífica en el plano compositivo. Bofill pertenece a esa clase de creadores que se nutren directamente de su gente, escribiendo y cantando a través del relato oral. Su catálogo de más de 300 canciones registradas destaca por abordar la fibra íntima de la correntinidad:
- Retratos humanos: Todos en el Taragüí conocemos a un Tanano, a una Pepa o a un Requecho, figuras cotidianas que Mario transformó en mitos vivientes de la cultura popular.
- Variedad temática: Una producción artística que viaja con fluidez entre el humor costumbrista, la inocencia, el desamor, la tristeza y la nostalgia por un pasado anclado en la memoria colectiva como una isla feliz.
Esta conexión inquebrantable lo transformó en un fenómeno de masas sin precedentes en el género: es el único chamamecero capaz de llenar teatros, anfiteatros y festivales con la sola presencia de su nombre en la cartelera. Aunque en la actualidad algunos problemas de salud lo mantengan alejado de la regularidad de los escenarios, su gente «cuera» anhela que, a diferencia de Cantalicio, nunca venda su instrumento y vuelva a descolgarlo para despertar la emoción festivalera una vez más.
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