Publicado el 24.8.26 | Hablar de Borges es descascarar capas para encontrar el mito, la literatura, la contradicción, lo apócrifo, el humor, la eternidad, el culto a sí mismo. Borges era todo eso. Borges era el Aleph.

El 24 de agosto de 1899 nació en una casa vieja con una biblioteca enorme. Provenía de una familia de guerreros de los que siempre se enorgulleció, y en su linaje se mezclaban las sangres inglesas y criollas, a las que él añadía remotas ascendencias lombardas, sefardíes y hasta guaraníes.
Fue educado en su casa por una institutriz inglesa, en la casa vieja y en la biblioteca enorme, en la que comenzó a tutear a los clásicos latinos, a los españoles del Siglo de Oro, al Quijote, a Homero y a los autores ingleses en su lengua original. La siguiente etapa de su formación transcurrió en Ginebra, adonde su familia se mudó para que su padre pudiera ser tratado de la ceguera que él mismo heredaría. De ahí se mudaron a España, donde su juventud lo hizo frecuentar a los ultraístas y elogiar a la Revolución Rusa.
De vuelta a su país natal en la década del ’20, publicó su primer poemario, Fervor de Buenos Aires, y se sumergió de lleno en el ambiente literario de la época, frecuentando a Macedonio Fernández —su temprano y esotérico maestro—, a Lugones, a Güiraldes y a Xul Solar. Fue parte del Grupo Florida, que la historia quiso situar como antagonista del Grupo Boedo, antagonismo que el propio Borges negó tiempo después.
En 1930 se produjo el encuentro que lo cambió todo cuando conoció a un joven Adolfo Bioy Casares y fundaron una amistad que continuó hasta la muerte de Borges. Bioy Casares poseía una inteligencia extraordinaria y un humor ácido y aristocrático; a pesar de su edad, Borges diría que él fue su maestro. Ya escribía en diarios, revistas y publicaciones publicitarias cuando en 1935 publicó Historia universal de la infamia, recopilación de textos entre los que figura “El proveedor de iniquidades Monk Eastman”, donde menciona las bandas neoyorquinas que décadas más tarde retrataría Martin Scorsese en su cine.

En la revista Sur, conducida por Victoria Ocampo, comenzó a edificar el monumento de su obra: aquella que mezclaba elementos fantásticos, erudición real o ficticia, humor corrosivo, metafísica, mitología orillera y personajes de una cartografía íntima compleja. Su juego fue ambicioso: destruir la literatura nacional para reemplazarla por la suya propia, una que compendiaba todas las literaturas mientras creaba el mito de Borges, el asceta de falsa humildad cuyo plato predilecto era el arroz con manteca y que leía en inglés antiguo.
Su literatura y su mito explotaron en los ’40 con Ficciones, que recibió en 1944 el Gran Premio de Honor de la SADE. Su siguiente libro, El Aleph, podría ser el que lo justifica ante Dios: ningún cuento sobra, cada uno funciona como la postulación de un universo que se abre a otros universos y da voz a uno de los personajes más célebres de nuestra literatura, Carlos Argentino Daneri. A partir de allí nacieron los reconocimientos, los premios, las giras y las conferencias.
Falleció en Ginebra el 14 de junio de 1986. Por una azarosa decisión, el Día del Lector en la Argentina se conmemora en la fecha de su nacimiento, recordando el legado del mayor exponente de nuestras letras universales.
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