Publicado el 11.6.26 | Algo en Girala Yampey transmitía una paz que inundaba espacios; algo en su enjutez, en su fisonomía de asceta que remitía a un conocimiento de la importancia del tiempo que se vive sin prisa, conocimiento quizás proveniente de su sangre libanesa, sabedora del desierto y la paciencia.

Poeta, historiador, investigador, difusor de la cultura guaraní y ensayista, nació el 11 de junio de 1923 en Quiindy, en la República del Paraguay, hijo de libanés y paraguaya. Fue el menor de seis hermanos, estudió en Asunción y allí fundó, siendo todavía estudiante secundario, los periódicos Vanguardia (editado por la Federación de Estudiantes Secundarios del Paraguay) y Lucha. Ambos fueron prohibidos, porque hablar de democracia era subversivo en el Paraguay de esos tiempos.
El exilio y el arraigo en Corrientes
Obtenido el título de Contador en la Universidad, llegó a ser presidente del Banco Agrícola del Paraguay. El ascenso al poder de Higinio Morínigo tras el golpe de Estado de 1947 lo obligó a exiliarse en la Argentina. “Si me tomaban preso, me degollaban”, contó alguna vez. “Mi partida fue triste, cómo no, quedaron mis padres, mis hermanos, dejé mis ahorros”.
La primera escala de su exilio fue la localidad correntina de Chavarría, donde probó suerte con un emprendimiento arrocero. Fue amigo de otros ilustres fugitivos paraguayos de la dictadura, como el maestro Herminio Giménez y el escritor Augusto Roa Bastos, a quien apodaba afectuosamente “Roíta”. También fue vendedor de joyas y relojes para subsistir, aunque para él escribir era la verdadera forma de vivir: “La poesía es la esencia, el fluido, el resplandor de la creación”, aseveraba. Su primer poemario, “Ko’ eju rekavo”, fue musicalizado y grabado por Herminio Giménez.
Obra y talleres literarios
Con otros ilustres aparceros de las letras como Darwy Berti, Jorge Sánchez Aguilar y Elena Zelada de Florio fundó el taller literario Koeyú, en el que prodigaron su sabiduría a los aspirantes a escritores de la región.
Su exquisita erudición y cosmovisión guaraní quedaron plasmadas en una prolífica producción bibliográfica, de la cual una porción fue donada generosamente a la biblioteca de El Mariscal (que llevaba el nombre de Juan José Folguerá). Entre sus títulos más destacados se encuentran:
- “Poemas de mi otoño”
- “Sobre mitos y leyendas guaraníes”
- “Rumores de la selva”
- “El gaucho Lega”
- “Los flautines del sol”
La Mesa de los Dinosaurios
En el mítico café El Mariscal de Corrientes, justamente, formó parte de la célebre “Mesa de los Dinosaurios” junto a los infatigables Darwy Berti, Marcelo Fernández, Arturo Zamudio Barrios y Ernesto Veragua (entre otros que la memoria injustamente omite). Esta mesa funcionaba como un taller literario al paso, espacio de debate y propaladora de esa historia viva que la historiografía oficial prefiere saltear.
Y nadie fue más dinosaurio que él: tenía 94 años cuando falleció, el 24 de enero de 2018, dejando como legado su Palabra, esa por la que sentía una devoción profunda.
“Velamen navegante de trajín empedernido,
amparo de soledades, muleta de balbuceos,
creada por Ñanderuguasu, con ecos del universo,
florecido en nuestros labios para construirnos,
te reconozco, colmena atropellada
en la garganta, recreada durante siglos.”Fragmento de “La Palabra”, en “Mitos y leyendas guaraníes”
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