Efemérides

Publicado el 9.6.26 | “Venía como los anchos ríos litoraleños, llevando en su corriente greda bermeja, calladas ramazones, y camalotes con ansias marineras. Y se llamaba Félix Pérez Cardozo”.

El autor de la hermosa elegía es nada menos que Atahualpa Yupanqui, que despedía así el 9 de junio de 1952 al arpista paraguayo que postuló para la inmortalidad su versión de “Pájaro campana”, casi un sinónimo musical del pueblo paraguayo.

De la selva paraguaya a Buenos Aires

Nacido el 20 de noviembre de 1908 en Hyaty, “en la selva paraguaya, en una aldea de catorce chozas”, como dijo el poeta don Ata, su aprendizaje musical fue empírico y comenzó con la guitarra, en un conservatorio de “madera, ala y pájaro”. Luego vendría el instrumento con el que desarrollaría toda su vida artística, el instrumento que tañen los ángeles: el arpa.

Dejó su aldea de catorce chozas con 20 años y partió a Asunción, donde actuaba en un trío que más tarde abandonó para migrar a Buenos Aires, ciudad por aquellos días rendida ante la música paraguaya y epicentro de la cultura guaraní fronteras afuera. Mauricio Cardozo Ocampo, Herminio Giménez y Samuel Aguayo fueron sus compañeros en aquella época, con los que actuaba en radio, peñas y bailes.

El vuelo eterno del Pájaro Campana

Fue en 1945, ya al frente de su conjunto, cuando realiza su reconocidísima versión de “Pájaro campana”, un tema folklórico tradicional conocido originalmente como “Güyrá campana”, que se conocía desde 1917 en una versión para guitarra de Carlos Talavera, “orgullo musical de Caazapá”. A partir de ahí fue indivisible la obra de su autor, y su versión en arpa es la que perdura hasta hoy.

Pero ahí no se agotó su inspiración, porque fue también un compositor con temas que formaron parte del repertorio de varios artistas argentinos y de la hermana República.

El legado y la inmortalidad

En 1957, 5 años después de su muerte, Atahualpa Yupanqui y Herminio Giménez componen “Oración a Pérez Cardozo”, en homenaje al hombre que “hizo una jangada para su corazón y su destino, y partió de su tierra, río abajo”. También, para convertirse en aposento de su memoria, su aldea perdida en la selva, donde aprendiera el canto de los bañados, pajonales y de la tierra colorada y caliente, hoy lleva su nombre.

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