
Publicado el 06.3.26 Religión profana al fin, expresión gregaria de una forma espiritual de entender el mundo, el
chamamé tiene su Santísima Trinidad: Montiel, Cocomarola e Isaco. Justamente el último
de ellos, el enorme Isaco Abitbol, emprendía un vuelo de calandria a la eternidad el 6 de
marzo de 1994.
Tuvo una vida prolífica, Isaco. Nació el 29 de noviembre de 1917 en Alvear, en una
familia de judíos sefardíes que llegaron de Marruecos. En La Liquidadora, el negocio
familiar regenteado por su padre que, al modo de los almacenes de ramos generales de la
época vendía de todo, se fascinaba con los instrumentos musicales.
Después de su incipiente actividad musical en Alvear, en la que integró conjuntos locales,
partió a Buenos Aires en plena Década Infame, la de los ´30, para estudiar y dedicarse a la
música. Inicialmente, el primer género que abrazó fue el tango, en pleno auge en la capital,
hasta que Emilio Chamorro lo sumó a Los Hijos de Corrientes, su conjunto, con el que
grabó por primera vez temas propios como “Santa Ana” y “Siete Higueras”.
En 1942, junto a Ernesto Montiel, funda el Cuarteto Típico Correntino Santa Ana, y
comienza la leyenda. El Cuarteto obtuvo un éxito descomunal, siendo número vivo de las
principales radios nacionales (lo cual era consagratorio en la época), grabando para Odeón
y animando todos los años los bailes de carnaval del Club San Lorenzo de Almagro.
Permaneció en el Cuarteto hasta 1951, cuando forma su propia agrupación, el Trío Isaco
Abitbol, con la que registró decenas de discos para los ellos Pampa y Music Hall. Por el
Trío pasaron músicos como Emeterio Fernández, Luis Ferreyra y el dúo Ubeda- Chávez,
entre otros.
Los años ‘70 lo encuentran con nueva formación: junto a Julio Lorman y Roberto Galarza
arma el Trío de Oro, con el que registra tres álbumes, a la par que continúa con su Trío
homónimo.
Infatigable y prolífico, no dejó de tocar en vivo y en el estudio hasta el final de sus días.
En 1992, dos años antes de su partida convocó a Antonio Niz y Rubén Miño para tocar en
el Trío Pancho Cué.
Siete décadas con la música, decenas de discos grabados, temas inolvidables y un lugar
preponderante en el Parnaso de la música popular son su legado. Para verlo y conocer su
entrega en la interpretación es imprescindible escuchar cualquiera de sus versiones de La
Calandria (tema que figura en “De Ushuaia a La Quiaca”).
Para su velatorio, el Teatro Vera abrió sus puertas a las cinco de la mañana, para que el
pueblo pudiera darle el último adiós a uno de sus más grandes músicos. Luego, el cortejo
hizo escala en Misiones, donde recibió el homenaje popular y de los músicos misioneros,
antes de arribar al cementerio de Alvear, su última parada.
