Efemérides

Al final, se calló el cantor. El 13 de enero de 2017 se apagaba la voz de Horacio Guarany,
el hijo del indio hachero que cantó para y desde el pueblo, y que hizo carne la rebeldía ante
la opresión y la persecución que sufren quienes abrazan las causas populares.


Eraclio Catalín Rodríguez Cereijo nació el 15 de mayo de 1925 en el monte de Las
Garzas, en Santa Fe. Su madre era una española que le puso la única dulzura que
conocieron él y sus trece hermanos; su padre, tan duro como el quebracho que talaba, no
sabía nada de la ternura, salvo cuando tomaba. “El viejo nunca nos dio una caricia, un beso,
salvo cuando chupaba y se mamaba. Ahí se ponía cariñoso y nos trataba bien, y por eso nos
gustaba cuando tomaba”, contó una vez. Por la pobreza, sus padres tuvieron que entregarlo
a unos parientes a los 6 años. Ellos tenían un boliche, y entonces comenzó su contacto con
la noche. Conoció la guitarra y el canto, y ellos lo llevaron a Buenos Aires, el único lugar
donde por entonces se podía soñar con vivir de la música. Siguiendo el itinerario de todo
aspirante a artista vivió en una pensión, comió salteado y trabajó en cualquier cosa mientras
probaba suerte. Cantaba en tangos y boleros en La Rueda, una fonda de La Boca, por
comida. Cuando no dio más y después de que un amigo le robara lo poco que tenía se hizo
marino mercante. Después del golpe de Estado del ’55 se topó con su destino: Herminio
Giménez y José Asunción Flores lo convocaron a su conjunto y lo afiliaron al Partido
Comunista. Las dos cosas le cambiaron la vida. En 1957 debutó en Radio Belgrano
cantando “El mensú”, de Ramón Ayala.


A partir de ahí comenzó su éxito, porque la gente se identificó con ese cantante que
cantaba cosas que otros callaban.


En 1961, cuando Cosquín todavía no era una marca registrada asociada al mayor festival
folklórico del país, debutó en el escenario cordobés para iniciar un romance con el público
que duraría hasta su muerte.


Fue perseguido por la Triple A y la Dictadura y tuvo que exiliarse dos veces. Cuando
volvió, con la democracia, ya era una leyenda.


Registró más de setenta discos, actuó en cine, cantó con todos los grandes de la edad de
oro del folklore. Cuando murió, decir su nombre era referirse a alguien que no necesitaba
explicación, como pasa con los grandes ídolos del pueblo.