
No hay algoritmos para medir la verdadera presencia de un artista y su importancia en la
cultura popular que supere al tarareo, al silbido, a la cita convertida en lugar común.
Solo le pido a Dios. Cinco siglos igual. Justo ayer me di cuenta que solo es cuestión de
plata.
Mencionar cualquiera de estas frases remite a Raúl Alberto Antonio Gieco, Cañada
Rosquín, Santa Fe, clase 1951, mejor conocido como León.
León Gieco.
El apodo nació en un recital de su primera banda, recital en un pueblito santafesino,
donde el joven Raúl Alberto Antonio conectó tan mal unos equipos que hizo saltar todo.
“No sos un animal, ¡sos el rey de los animales!”, le gritó el organizador, y a partir de ahí se
convirtió en León.
El rock argentino d
e aquellos- fines de los ’60- dividía sus influencias entre la hegemonía
de los Beatles, Creedence, el beat inglés, la crudeza de las primeras bandas hard como Deep
Purple y Led Zeppelin y el folk testimonial y político de Bob Dylan. Fue de la vertiente de
Dylan que se nutrió León y se nota en su primer disco, bautizado con su nombre y
producido por el omnipresente Gustavo Santaolalla en 1973. Allí aparece su primer hit
inoxidable, “En el país de la libertad”. A ese le siguió “La banda de los caballos cansados”,
quizás a modo de homenaje a Neil Young y Crazy Horse, otra gran referencia folk.
Mientras tanto, se hacía tiempo para asociarse a “Charlie” García (aparecía así en los
créditos), Nito Mestre, Raúl Porchetto y María Rosa Yorio en Porsuigieco, editando un
disco homónimo en el oscuro año del golpe cívico- militar de 1976. Su tercer disco, “El
fantasma de Canterville”, contiene el tema compuesto por Charly que de manera no tan
metafórica alude a las desapariciones en la Dictadura. Este disco hizo que los ojos censores
(que, entre otros, había prohibido unos años antes el tema “Botas locas” de Sui Generis) se
posaran en él.
Asfixiado por el clima general de represión, el silencio colectivo y las amenazas directas
parte a Los Ángeles (para graficar el clima de la época, Gieco contó que entonces en la foto
del pasaporte no se podía aparecer con barba y tuvo que hacer un circuito de trámites
burocráticos para que se lo permitieran). Fue un tiempo duro en los Estados Unidos, donde
tuvo que hacer de todo para vivir, sostenido con una dieta diaria de una pizza y una botella
de vino, todo lo que podía permitirse. “Me sentaba en una colina y después de comerme la
pizza me tomaba el vino para pasar el tiempo. Engordé muchísimo y estaba muy mal”,
contó.
Volvió a los escenarios del país en 1981, y a partir de ahí ya no se bajó. Se embarcó en
una gira nacional producida por Santaolalla y financiada por… estudiantes secundarios. “Se
nos ocurrió la idea de convocar a los estudiantes secundarios para que nos organizaran los
conciertos. No tenían que pagarnos por el show, sino garantizarnos la estadía (alojamiento
y comidas) y de esta manera funcionábamos como socios: ellos se llevaban el 30% de la
recaudación y nosotros el 70”.
La influencia de Dylan ya era un recuerdo. Gieco había madurado creando un universo
propio, uno que no anclaba únicamente en el rock sino en los grandes artistas populares
hasta entonces vistos de costado, como Antonio Tormo y el Cuarteto Leo. Las semillas de
“De Ushuaia a La Quiaca” ya estaban ahí, esperando para concretarse en un proyecto épico
de recopilación, rescate y homenaje, a la vez que de antropología musical. Fueron tres
discos, el primero de ellos editado en 1985.
En la década siguiente lejos de convertirse en un “clásico” (esa dudosa categoría que
fosiliza al artista), produjo obras que rompieron con su pasado y lo resignificaron, incluso
llevándolo a rozar otros géneros como el rap (en “Los salieris de Charly”). Respetado,
indiscutido y siempre vigente, tocó con artistas de sucesivas nuevas generaciones, desde el
metálico Andrés Giménez en “Un León D´Mente” hasta los Pibes Chorros.
Toco con todos, como Rodolfo Orozco.
Y sigue.
Larga vida al rey de los animales.
