
Cuando Ramón Ayala escribió “El mensú” en 1956, retrato lírico descarnado de la dura
existencia de los tareferos, los cosecheros de yerba en los montes misioneros y correntinos,
ya se había plasmado en imagen y letras la lucha de los trabajadores contra el medio hostil,
el clima, las condiciones infrahumanas y la alienación esclavizante. En el cine, Mario
Soffici con “Prisioneros de la tierra”, de 1939, y Hugo del Carril con “Las aguas bajan
turbias”, en 1952, situaron en el paisaje húmedo y opresivo de la selva una historia que se
convirtió en testimonio social de un sistema productivo basado en la explotación
descontrolada de los recursos físicos, que estaba en sus últimos estertores.
Justamente, la novela en la que se basó esta última película, “El río oscuro”, fue
publicada el 29 de octubre de 1943, y junto con otras obras disruptivas con igual mirada
social que se estaban gestando en la literatura latinoamericana, significó una innovación en
la forma de narrar clasicista del modelo tradicional de la novela francesa que marcó la
narrativa hasta la tercera década del siglo XX.
Alfredo Varela, su autor, eligió un registro que no filtraba la voz de sus personajes,
constituyendo una narración potente por el realismo sin imposturas estilísticas. Varela
incluso interpoló frases en guaraní para reflejar la mecánica mental de los habitantes de la
región, signada por el mestizaje entre las identidades originarias y conquistadoras. “Esto es
la esclavitú, propiamente. Pero si le contara… Yo estuve trabajando con Matiaúda, en el
Puerto Paranambú. Queda allá, en la costa paraguaya. Ganábamos 25 pesos al mes.
Después que entraba el sol, teníamos que seguir trabajando mucho rato. Y si nos
retobábamos, nos volvía locos a gritos. Cuando queríamos largar porque estaba oscuro
gritaba: Mientras que yasechá nandepó ñamba’apó vaëra”.
¡Neyke, Neyke!, el grito del capanga va resonando, y todavía resuena en las palabras que
postularon una gesta indómita que también construyó identidad.
