
Curioso destino el de José Hernández: para conmemorarlo en la fecha de su nacimiento se
estatuyó el Día de la Tradición, casi despojándolo a él de su condición de escritor y a su
obra, el Martín Fierro, de la categoría de poema épico fundacional de la construcción de
identidad literaria de la Argentina.
Salvo Borges, no existe otro escritor cuyo nombre constituya casi un lugar común en la
literatura nacional e irónicamente, al igual que Borges, tan poco leído. Constantemente
revisitado y reinterpretado por otros escritores, sus versos forman parte de la cultura
popular mutados en refranes cuya autoría los más desconocen: desde “hacete amigo del
juez” o “el diablo sabe por diablo, pero más sabe por viejo” hasta “los hermanos sean
unidos, porque esa es la ley primera”, todos interpolan su Cita Vizcacha/ Martín Fierro en
algún momento de la conversación. O del texto.
Hernández nació el 10 de noviembre de 1834 en Perdriel, provincia de Buenos Aires, hijo
de federal y unitaria, atípica muestra de concordancia ideológica en tiempos de sangrientas
luchas internas nacionales. Criada por su tía Victoria Pueyrredón (tanto ella como su madre
eran primas de Juan Martín de Pueyrredón), se trasladó con su padre al campo al quedar
huérfano de madre.
En fecha incierta se trasladó a Entre Ríos, iniciando una vida errante que no dejaría hasta
el fin de sus días. Periodista, militar, político y, sobre todo, escritor, fundó dos diarios: El
Río de la Plata y El Eco, en Corrientes, cuya redacción fue destruida por sus rivales
políticos. El 28 de septiembre de 1872 el diario La República comenzó a publicar “El
gaucho Martín Fierro” en forma de folleto, en el que cuenta “…sus trabajos, sus desgracias,
los azares de la vida de gaucho, y Ud. no desconoce que el asunto es más difícil de lo que
muchos se lo imaginarán”, como explicó en una carta.
En 1879 se publicó la segunda parte, “La vuelta de Martín Fierro”, con una tirada de
veinte mil ejemplares. El país comenzaba a cambiar, con el fin de las brutales levas del
Ejército y la adquisición de algunos derechos para los gauchos. Ambas obras fueron un
éxito de ventas, pero la crítica las desdeñó por no adaptarse al canon literario en boga,
monopolizado por la literatura francesa. Habría que esperar hasta la década del ’20 del siglo
siguiente para que los intelectuales comenzaran a considerar su valor. Hasta el mismo
Borges transcurrió por distintas épocas de menoscabo y valoración hasta que lo estatuyó en
su juicio como un texto imprescindible, incluso llegando a apropiarse de sus personajes
encontrándoles otra narrativas complementarias en su obra.
Su último libro fue “Instrucción del estanciero”, un manual para los hombres de campo
escrito en 1881 por encargo de Dardo Rocha, gobernador de Buenos Aires y fundador de la
ciudad de La Plata.
El hombre que le dio letra a los oprimidos cuando su antagonista, Sarmiento, aconsejaba
no ahorrar la sangre de los mismos, falleció en Buenos Aires el 21 de octubre de 1886.
