Efemérides

El fin de la Dictadura y el retorno de la democracia significaron la vuelta a escena de varios
artistas exiliados y la reaparición de una vertiente folklórica nacida al calor del Nuevo
Cancionero Argentino de la década de los sesenta. “El Nuevo Cancionero luchará por
convertir la presente adhesión del pueblo argentino hacia su canto nacional, en un valor
cultural inalienable”, proclamaba el movimiento en su Manifiesto, firmado por Armando
Tejada Gómez, Mercedes Sosa, Manuel Oscar Matus y Tito Francia, entre otros. Al espíritu
del Nuevo Cancionero adhirieron artistas de todo el mundo, entre ellos un curuzucuateño
nacido el 18 de octubre de 1947: Antonio Tarragó Ros.

En su Curuzú natal y guiado por su padrino Gualberto Panozzo (a quien su padre y
homónimo, Antonio Tarragó Ros, dedicó “Don Gualberto”), el pequeño Antonito comenzó
a tocar la verdulera a los 7 años. Su debut artístico se produjo en 1960, en un programa
radial local, y ya en la adolescencia partió a Rosario para formar parte del conjunto paterno.
Como solista, grabó su primer disco, “Chamamé con Antonio Tarragó Ros” en 1971, para
el sello Microfón.

En esa década, Tarragó Ros junto a otros músicos y cantantes que después se convirtieron
en emblemáticos del chamamé, formó parte de la Canción Nueva Correntina, prolongación
estética colectiva del festival del mismo nombre. De allí surgieron Mario Bofill, Pocho
Roch, Cacho González Vedoya y Ofelia Leiva. Fueron innovadores, incorporando
instrumentos eléctricos y letras de una poética madurada en la mixtura con otros lenguajes.
Al respecto, Teresa Parodi dijo ““Mi generación y la de Antonio Tarragó Ros hizo ese
movimiento que le dio un vuelco tremendo a la música. No sólo incorporamos armonías,
instrumentos enchufados y la percusión, sino que hicimos una búsqueda mayor de la
palabra poética”.

Esta renovación fue resistida por los tradicionalistas, resistencia que se trasladó hasta la
década siguiente. En un artículo firmado por Alejandro Tarruella (por entonces crítico
musical de la revista Humo®) en un diario local, reseñando la Fiesta del Chamamé de
1986, se preguntaba “¿Por qué no consienten el éxito? ¿Por qué no reconocen que Teresa y
Antonio Tarragó Ros son la mayor avanzada de la expresión regional?”

Fue el primer chamamecero en tender puentes con el rock, tocando con artistas del
género, y participó en el legendario “De Ushuaia a La Quica”, ese enorme trabajo
antropológico- musical que retrató a los músicos en su propia tierra; a Tarragó le tocó
interpretar “Kilómetro 11” con el gran Isaco Abitbol a la vera del río Miriñay. Compuso
más de ochocientos temas, que no necesitan presentación porque ya están incorporados al
cancionero popular, ese lugar en el que la obra perdura sin necesidad de registro porque
vive en el silbido, en el tarareo involuntario, en el reconocimiento inmediato. “María, va”,
“Por Santa Rosa me voy al río”, “El cielo del albañil”, entre muchas, existen en ese lugar.
Inquieto, multifacético, comprometido, Antonio Tarragó Ros, el Antoñito, sigue creando,
tocando y girando, sumando años, obra y kilómetros a la historia de aquel muchachito que
apenas podía sostener la verdulera allá, en su Curuzú tan lejos y tan cerca.