Efemérides

AppleMark

“¿Será el hombre un puente de dudas tendido entre dos eternidades?” La pregunta
existencialista, nietzscheana, es parte de un capítulo de Mark, la historieta que publicaba El
Tony, de Editorial Columba.
Su autor, Robin Wood.

Todos los que transcurrieron su infancia y adolescencia entre las fines de los ’60 y los ’90
conocieron- y amaron- los personajes de Wood y fueron marcados, de una u otra manera,
por ellos. Kayan, Dax, Harry White, Morten, Martin Hel, Pepe Sánchez, Larsen y Finch,
Ronstadt, El Cosaco, Or- Grund y muchos, muchísimos más, poblaron las páginas de El
Tony, Fantasía, Intervalo, D’Artagnan y Nippur Magnum, las revistas de Columba, por
treinta años en los que abrió la puerta a un universo de aventuras narradas con referencias
literarias eruditas, contexto histórico preciso y, sobre todo, un desarrollo de personajes
inmediatamente reconocibles y entrañables a primera lectura.

Nacido en Caazapá, Paraguay, en 1944, su madre fue hija de inmigrantes australianos
socialistas que fundaron una comunidad en tierra paraguaya. Autodidacta que no terminó la
primaria, su madre lo envió a un orfanato en Argentina cuando no pudo seguir
manteniéndolo. Su vida comenzaba a parecerse a los protagonistas de las historias que leía
con voracidad, escritos por Conrad o London, Por Hemingway u Oesterheld. Hizo de todo
para sobrevivir, y soñando con ser dibujante se inscribió en la Escuela Panamericana de
Arte, donde descubrió dos cosas: que no tenía talento para el dibujo y a Lucho Olivera, un
correntino igual de pobre que él con que admiraba el estilo del viejo Breccia en Mort
Cinder, y con el que creó uno de los monumentos de la narrativa argentina (sí, porque
traspasó la historieta): Nippur de Lagash.

Luego de escribir algunos unitarios para Columba que le servían para juntar unos pesos
con los que comer y pagar la pensión, en 1967 presentó, con Olivera, los tres primeros
episodios de la historia de un guerrero sumerio desterrado por Luggal- Zaggizi de su ciudad
natal, Lagash.

Ese fue el origen de todo.
La historia fue un éxito descomunal, y Nippur se convirtió en un hito cultural gracias a la
profundidad de los guiones y al dibujo de Olivera, que dotó al sumerio de silueta de

luchador de ánfora griega y recreó con meticulosidad obsesiva la arquitectura, la estética
sumeria de la Edad de Bronce y la belleza imposible de las mujeres que amó Nippur (en un
reportaje, contó que para dibujarlas se inspiró en Moria Casán).

En 1981 y con Alberto Salinas en el dibujo crea su otra gran obra: Dago, la historia de
Cesare Renzi , traicionado por un amigo que le clava una daga en la espalda y lo arroja a un
canal. A partir de ahí Dago es vendido como esclavo a los turcos, conoce a Barbarroja y a
Solimán, invade Rumania con el sultán y es derrotado por Vlad Tepes, pelea en Pavia,
asedia Roma con los alemanes, conoce a Enrique VIII, se embarca con Pizarro, descubre El
Dorado, milita en la expedición de Hernando de Soto y otras incontables aventuras. Dago
fue un éxito en Italia, donde se siguió publicando hasta después del cierre de Columba en
1999, y le hizo ganar a Wood el Yellow Kid, el equivalente al Oscar en la historieta.


Desmesurado, sentimental, tierno, épico, divertido, cambió la vida de todos los que lo
leyeron, y muchos reconocen que el amor a la literatura les fue insuflado por sus historias,
en las que jugaba con oscuras sagas escandinavas mencionadas por Borges, la revolución
mexicana, el mito de la Atlántida y todo el tesoro de la cultura universal.


Prolífico, genial, inolvidable, después de recorrer el mundo finalmente atravesó el puente
a la otra eternidad en Encarnación, el 17 de octubre de 2021.