Efemérides

Publicado el 1.6.26 | Cuando se habla de los escritores argentinos más influyentes entran a tallar los gustos personales, pero desde ya los lugares comunes son Borges, Cortázar, Sábato y otros del panteón sagrado de las letras vernáculas.

Injusticia de la memoria, en ese listado es casi seguro que se olvide a Macedonio Fernández, el hombre que influyó a los influyentes, la leyenda under de la literatura que existió antes, mucho antes, de que el anglicismo sea empleado como sinónimo de artista que se mueve en los márgenes del reconocimiento masivo. Nacido el 1 de junio de 1874 en Buenos Aires su padre fue un estanciero abogado, lo que seguramente pesó para su ingreso a la carrera de Derecho, en la que se doctoró en 1897. Su puesto más destacado en el escalafón judicial fue el de fiscal en Posadas, puesto que perdió por no acusar a nadie. Viudo por la pérdida de su amada Elena, en 1920 repartió a sus cuatro hijos entre parientes y decidió dedicarse por completo a la literatura. Imitado “hasta el apasionado y devoto plagio” según su más ferviente admirador, un tal Jorge Luis Borges, entregó a la imprenta solo tres títulos (“No toda es vigilia la de los ojos abiertos”, “Papeles de recienvenido” y “Una novela que comienza”), sus obras completas comprenden novelas, cuentos, cartas, poemas y ensayos que permanecieron inéditos en vida, lo mismo que “Museo de la novela de la Eterna” —novela hecha de prólogos—, que fue publicada recién en 1967, 15 años después de su muerte.

El mito de las pensiones y la presidencia

Pasó su vida en pensiones y huyendo del frío que conjuraba usando sobretodo hasta en verano, y esas pensiones fueron lugar de peregrinaje de sus admiradores. En 1927 se postuló a Presidente de la Nación porque pensaba que “el 95% de los votantes del país no tienen convicción ni compromiso” y que son menos los candidatos a la Presidencia que a tener un kiosko o una farmacia, por lo que no debía ser muy difícil ganar. Borges lo apoyó en su campaña.

Su obra fue elogiada principalmente por escritores, lo que no le supuso la masividad, pero rastros de su pensamiento y de la construcción de su escritura pueden hallarse en la obra de Oliverio Girondo, Ramón Gómez de la Serna, Cortázar, Marechal, Bioy Casares y Piglia.

Dueño de un humor prodigioso que contradecía el acartonamiento de sus contemporáneos, era una leyenda secreta cuando falleció el 10 de febrero de 1952.

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