Cuando toca historiar personajes ilustres es inevitable caer en injustos olvidos, sobre todo en una provincia reluctante a la memoria a largo plazo. Así, la historiografía suele privilegiar algunas figuras en detrimento de otras de igual valor.

Tal es el caso de José María Gómez de Fonseca, médico, poeta y pintor nacido en Goya el 17 de abril de 1799, y uno de los introductores del Romanticismo francés en el país.
Su vida parece extraída de una novela. Tras quedar huérfano a los siete años durante las invasiones inglesas en Maldonado, fue criado por un tío sacerdote en Buenos Aires. Estudió en el Colegio de San Carlos y luego en el Instituto Médico Militar bajo la tutela de Cosme Argerich, colaborando como practicante en la primera campaña de vacunación contra la viruela de la historia argentina.
Su brillantez fue tal que Bernardino Rivadavia lo nombró director anatómico antes de concluir sus estudios, y más tarde recibió una beca para perfeccionarse en Francia. Allí se empapó de las nuevas corrientes literarias y entabló una profunda amistad con Esteban Echeverría, quien le dedicaría varios de sus poemas.
A su regreso, y a la par de su destacada labor médica en el Hospital de Hombres de Buenos Aires, Gómez de Fonseca se dedicó a la pintura y la escritura, siendo pionero en la lectura y difusión de autores como Víctor Hugo y Lamartine, por entonces desconocidos en estas tierras. Falleció prematuramente a los 44 años, el 21 de noviembre de 1843, víctima de tuberculosis.
Hoy, a más de dos siglos de su nacimiento, su nombre permanece en una calle de su Goya natal, recordándonos la intensidad de un hombre que unió la ciencia, el arte y el pensamiento romántico en los albores de nuestra nación.
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