
Desde su primera película en 1958, “El trueno entre las hojas”, el binomio Armando Bo-
Isabel Sarli fue seguido de cerca por la censura. En esa película, basada en un libro de
Augusto Roa Bastos (exiliado en la Argentina) quien también escribió el guion, por primera
vez aparecía un desnudo femenino tomado de frente. Este encarnizamiento de los censores
hizo que muchos de sus filmes fueran estrenados con demoras, cuando no directamente
prohibidos.
Este fue el caso de “Embrujada”, filmada en Misiones en 1969 pero estrenada recién el 18
de noviembre de 1976, paradójicamente en plena Dictadura.
Además de haber sido rodada en la Mesopotamia, “Embrujada” guarda otra significativa
particularidad: es la primera aparición cinematográfica del pombero.
Enmarcada por el “paisaje Bo” (naturaleza exuberante que casi ahoga a los protagonistas,
el clima como una presencia física, las tomas que resaltan la belleza de lo salvaje, lo
inculto), la historia transcurre en una maderera, cuyo dueño está casado con Isabel Sarli.
Ella es una aborigen que fue arrebatada de su tribu y desea un hijo, pero con el correr de la
historia se descubre que eso será imposible: su marido mantiene un romance con un
capataz. Entonces, Sarli inicia una relación con un recién llegado, mientras se ven en
flashback unos rituales y la imagen de un ser con aspecto demoníaco. Estos recuerdos
acuden a ella involuntariamente, y un poblador del monte le dice que la entidad que aparece
en ellos es el pombero. Solo al final se lo puede ver por completo: es un actor caracterizado
con una máscara, garras velludas y ropa de civil.
Además de los paisajes y de lo atrapante que resulta siempre ver a la Coca en la pantalla,
retozando en la selva, lo valioso de la película es que toma al pombero en su origen mítico
primigenio, una encarnación de la naturaleza y de su energía sexual previo a la civilización,
lo que lo hace más fiel a su esencia que el edulcorado duendecito inofensivo con el que se
lo asimilara después.
En cuanto a las películas de Armando Bo, siempre merecen una vuelta, porque como toda
expresión popular ninguneada en su tiempo, hay varias capas de lectura por redescubrir.
